Ágora Social

Odiosas comparaciones

 

Agustín Pérez, director de Ágora Social

A veces da la impresión de que las ONG disputan una carrera para ver cuál dedica menor porcentaje de su presupuesto a los costes administrativos y a la captación de recursos. Quieren dar con ello la medida de su eficiencia al dedicar el máximo de recursos al cumplimiento de su misión con el mínimo gasto en captarlos y en gestionarlos. Son jaleados por los donantes, muchos de los cuales tienen una visión muy poco realista de cómo funciona una ONG. Y sobre todo por los medios de comunicación, que no saben mucho más que esos donantes mal informados.

Se trata de una competición absurda en la que las ONG deberían negarse a participar. Seguir este juego puede ser altamente perjudicial para la calidad de la gestión y, por consiguiente, para los intereses de los beneficiarios y de los propios donantes.

 

Conceptos diferentes

Esta lid no puede desarrollarse en igualdad de condiciones. Cada cual entiende una cosa distinta de lo que es un coste administrativo o de captación. Unos pueden pensar que el alquiler del local es un gasto general y otros que debe imputarse de forma alícuota entre los diferentes programas. Cuando las actividades de captación de fondos tienen un significativo componente educativo o están vinculados a una campaña de incidencia política, pueden considerarse como gastos de programa, al menos en parte. ¿Cómo conceptuar el gasto en un envío postal en el que se pide a los destinatarios que suscriban una petición colectiva y envíen una donación en el marco de una campaña?

Por otra parte, cualquiera puede hacer trampas a la hora de computar los gastos en uno u otro capítulo y no existe forma de detectarlas.

Una tercera razón, a nuestro juicio la más decisiva, es que, aunque hubiera un acuerdo general sobre los conceptos y no se pudieran manipular las cifras, la magnitud del porcentaje no dice mucho fuera del contexto específico de cada organización. No es lo mismo una organización de cooperación para el desarrollo de amplia base popular que maneja un alto presupuesto y tiene que dedicar gran parte de él a sufragar los proyectos que una pequeña entidad cuya misión es llevar a cabo investigaciones para promover la paz y que se financia gracias a un puñado de mecenas.

 

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En las organizaciones que manejan mucho dinero, los gastos generales tienden a ser proporcionalmente más bajos que en las de menor presupuesto. Por otra parte, los diferentes modelos de financiación afectan mucho al dinero que hay que dedicar para recaudar y para administrar los fondos. Así, una organización que tiene una amplia base social de donantes individuales tiene que gastar mucho más dinero en captarlos y administrar las muchas donaciones que una organización que se sustenta con las aportaciones de unos pocos financiadores.

Ningún modelo es mejor que otro por sí mismo. Luego el dato del porcentaje por sí solo y mucho menos su comparación con otras organizaciones de la más diversa índole carecen de sentido. Si una organización ve que la comparación no le favorece, ¿qué es lo que debe hacer? ¿Renunciar a tener una amplia base popular porque resulta más costoso administrar donaciones modestas que las aportaciones de un puñado de grandes donantes? ¿No realizar auditorías contables para recortar gastos administrativos a costa de relajar los controles? ¿Reducir el esfuerzo en justificar las subvenciones o las donaciones recibidas para disminuir la “burocracia” asumiendo el riesgo de que los financiadores pierdan confianza?

 

Educar a los donantes

Lo que tienen que hacer las ONG, a nuestro juicio, es explicar a los donantes cómo gastan su dinero y por qué lo hacen así. Decirles que olviden las comparaciones. Explicarles el valor de captar más recursos para mejorar la capacidad de actuación de la organización con una perspectiva estratégica y de gestionar bien los recursos para aprovecharlos bien y dar debida cuenta de su gestión.

Por supuesto que cada ONG tiene que examinar cómo racionalizar sus gastos generales y optimizar sus presupuestos de captación de recursos. La mejora en este aspecto debe ser una preocupación permanente, más allá de los casos en que estos gastos sean ciertamente desorbitados. Es del todo lícito que una ONG se plantee que, antes o a la vez que busca mayores ingresos. También ha de reducir sus gastos de una forma en que no afecte a la calidad de su trabajo.

Debemos educar a los donantes y a los periodistas, que no tienen por qué saber cómo funcionan las ONG, para que sepan valorar su gestión en la singularidad de cada organización. Participar en la loca carrera por reducir los costes de administración y captación sólo para ocupar un puesto de honor entre las ONG supuestamente más eficientes es caer en una trampa de demagogia e ignorancia.

 

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