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¿Es lícito pedir al voluntariado que aporte también dinero?

Cuando una organización se propone captar socios para contar con una base de financiación estable, debe empezar por las personas que están relacionadas con ella antes que ir a buscarlas más lejos. Uno de los grupos entre los que se puede promover la afiliación es el voluntariado. He visto organizaciones que cuentan con un nutrido grupo de voluntarios, de los cuales solo una pequeña proporción paga una cuota periódica. En un caso que conozco, esta proporción es de uno de cada veinte.

¿Es apropiado pedir a esas personas que den dinero además de tiempo? ¿Cabe esperar que respondan positivamente? Los casos antes mencionados sugieren que nos encontramos ante dos tipos de colaboración alternativa, más que complementaria.

Sin embargo, esto no tiene por qué ser así. Realmente, muchas de las personas que hacen voluntariado son las mismas que donan. No todas, por supuesto. Hay muchas más personas que dan dinero y no dan tiempo, en buena medida porque perciben que no lo tienen o porque no saben de qué manera podrían colaborar más allá de su aportación económica. Varios estudios indican que hay una correlación positiva entre ambas maneras de colaborar, aunque se desconoce la explicación: ¿un tipo de participación propicia el otro o es simplemente que ambos responden al mismo tipo de determinantes?

Por ejemplo, los datos que arroja la Encuesta sobre Ciudadanía en Reino Unido (2009) mostraron que el 83% de los que realizan un voluntariado regular donaron a una ONG en el último mes, una proporción mucho mayor que los donantes que no estaban ejercitando el voluntariado (60%). Se han obtenido hallazgos similares en otros muchos estudios tanto en ese país como de carácter internacional. Y hay datos que indican que muchos llevan a cabo ambos tipos de colaboración en beneficio de la misma organización.

Algunos estudios, no obstante, apuntan más al carácter sustitutivo de ambas formas de colaboración. La explicación de estos hallazgos contradictorios puede tener que ver con la naturaleza de la causa y con las motivaciones de los colaboradores. Considero que el voluntariado resulta más atrayente para las personas que tienen un fuerte sentido comunitario y una vocación de servicio, mientras que la aportación económica puede ser una opción más interesante para quienes tienen una preocupación altruista combinada con una cierta disponibilidad económica. Tampoco hay que olvidar que entre las motivaciones de muchas personas que hacen voluntariado figuran las de índole instrumental, como son adquirir o reforzar determinadas habilidades personales, evitar la soledad, conocer gente nueva, incluso enriquecer el currículo y ganar en empleabilidad. Naturalmente, nada de esto se obtiene con la mera aportación dineraria.

En definitiva, hay personas que están fuertemente predispuestas a colaborar con tiempo y otras con dinero. Sin embargo, es fácil conseguir que lo hagan de ambas maneras en una misma organización si desde el momento en que se acercan a ella para colaborar se presentan como dos opciones necesarias y complementarias. He conocido organizaciones que tienen por norma que sus voluntarios sean también asociados. Es un requisito para que puedan ejercer su voluntariado, aunque no es condición sine qua non.

El problema surge cuando se disocian ambas formas de colaboración. A las personas que llevan meses o años brindando su trabajo voluntario puede resultarles incómodo e inapropiado que de pronto se les pida dinero. Y esta dificultad se agrava por el hecho de que quienes han de pedírselo sienten vergüenza de solicitar una contribución económica a quien ya colabora con su tiempo, a menudo de manera muy esforzada.

Para la inmensa mayoría de las causas sociales toda colaboración es poca. Sin embargo, ¿cómo se sostiene esta postura incomprensible de no buscar más ayuda en quienes suelen ser los más comprometidos con la causa? La razón es sencilla: hay quienes creen que pedirles dinero, que no les parece tan noble como pedirles trabajo, les va a molestar porque lo van a encontrar abusivo. “No se conforman con todo lo que hago, sino que además me piden dinero”. Así es como se imaginan que pensarán.

De lo que no se dan cuenta es que precisamente las personas más comprometidas son las más predispuestas a dar más. La clave es que se sientan apreciadas y que perciban que su contribución adicional será una nueva fuente de gratificación. Si el balance entre lo que da y lo que recibe el voluntario (en términos psicológicos) sigue siendo positivo, no tendrá inconveniente en aportar también dinero. Al contrario, se sentirá todavía más necesario. Es un peldaño más en su ascenso por la escalera del compromiso.

No obstante, la forma en que se le plantea la solicitud tiene que hacerse de manera que no genere susceptibilidades. Para ello, lo más importante es reconocer su participación. La persona tiene que ser consciente de que se conoce y valora lo que está haciendo. Por eso, mucho mejor si se menciona en el mensaje escrito o en la conversación la tarea concreta que realiza. Si además esta tiene elementos ingratos, como es el caso de las que conlleva riesgos físicos, atender a personas cuyo trato resulta difícil o realizar operaciones monótonas, reconocer el mérito de esta dedicación tendrá un efecto mucho mayor que simplemente valorar el tiempo que entrega.

La solicitud de colaboración económica debe ser una ocasión para agradecerle todo lo que ya está aportando. No está de más ser algo reiterativo en este aspecto. Debe percibir que se valora de una forma especial su compromiso.

En muchos casos el voluntario solo ve una porción del trabajo de la organización, en aquello en lo que está involucrado. De manera que es también una oportunidad para ofrecerle una visión panorámica de la labor que se hace y de mostrarle las necesidades de colaboración, incluyendo la de financiar programas que probablemente requieran importantes recursos económicos. En este contexto, es conveniente explicarle para qué se quiere su dinero.

Es importante que en una organización que cuenta con voluntarios no se instale una cultura de que donar tiempo vale más que donar dinero. Como tampoco lo contrario. Los colaboradores deben percibir que ambos tipos de aportación son necesarios e igualmente valiosos. Si alguien no puede colaborar de ambas formas, no pasa nada. De hecho, hay personas que realizan voluntariado precisamente porque perciben que les sobra más tiempo que dinero. No hay que sorprenderse, ni mucho menos decepcionarse, porque haya voluntarios que no quieran contribuir económicamente. Cada cual que dé lo que pueda y quiera. Lo que no tiene sentido es imponerse limitaciones a la colaboración de las personas que probablemente más creen en la causa.

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